Elena Poniatowska: Rosario Castellanos

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ia Rosario la canonizara el Vaticano en Roma, nadie se sorprendería, porque en México ya le hemos levantado más monumentos que aquel camino de la cruz que nos lleva directamente a la Basílica de Guadalupe. Rosario es ahora la catedral de la literatura mexicana y nos prosternamos ante ella para comulgar con su Oficio de tinieblas, su Poesía no eres tú, su Balún Canán.

Rosario Castellanos nunca imaginó la repercusión que tendría su obra, nunca pensó que sus palabras resonarían en la vida privada de muchas mujeres, que su vida personal y cotidiana atraería los ojos de muchos lectores y suscitaría una pasión que la acercarían a las mujeres del siglo XX y XXI ya la eternidad. Nacida el 25 de mayo de 1925, se cumplirán 101 años de su nacimiento y no sólo Comitán, Chiapas, lo celebra, sino toda la República Mexicana, así como las universidades estadunidenses en las que ella fue profesora y dejó una huella imborrable. Rosario es hoy por hoy hasta una universidad a cuyas aulas acuden estudiantes de varias carreras y en las que vuelan sus palabras como palomas mensajeras que llevan su nombre en el pico, así como hace la librería del Fondo de Cultura Económica, en la colonia Condesa, nos la hace más familiar que el 10 de mayo, Día de las Madres y la recordamos en cada momento y con cualquier pretexto. Pocas mujeres han sido tan reconocidas como esta chiapaneca que trataron a sus lectores como cómplices y los hicieron participantes de su propia vida y sus pequeños desastres y sus sorprendentes alegrías.

Entrevisté a Rosario Castellanos en varias ocasiones, y cada vez que la llamaba me respondía con su voz de campanita en el bosque: “Sí, claro, vente inmediatamente”. Era un gusto ir a su casa, en la avenida Constituyentes, porque vivía frente al bosque de Chapultepec, en una sección a un ladito de Los Pinos, aunque confesaba que casi nunca salió a caminar bajo los árboles. Rosario tenía unos tobillos muy frágiles y unas manos delgadas como las Niñas Modelo de la Condesa de Segur. Escribía en una habitación pegada al cielo, en la calle de Constituyentes, y de su estado nativo, Chiapas, trajo un arpa que esperaba solitaria en un rincón, pero más solitaria se sentía la autora de El eterno femenino.

Rosario tuvo el don de volvernos sus aliados, sus feroces y airados defensores, y convirtió sus letras en un timbre postal. Varios fotógrafos la retrataron: Rogelio Cuéllar, Héctor García, Ricardo Salazar, los hermanos Mayo, quienes, captaron su mirada grave y comprometida y la sonrisa de una mujer que murió a los 49 años, lejos de México, cumpliendo una misión en Israel.

Embajadora de México en Israel, se dio a querer por Golda Meier, la gran estadista. Contemporánea de Jaime Sabines, quien escribió un poema con mucho coraje por su muerte; Dolores Castro; Guadalupe Dueñas; María del Carmen Millán; Raoul Ortiz y Ortiz, y Nahum Megged fueron sus amigos y colegas, así como Samuel Gordon, Carlos Montemayor y Óscar Oliva, (chiapaneco como ella) sus cómplices. Pero nadie quiso tanto Rosario como a sus alumnos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Y no se diga a todos los que antes caminaban en medio de la calle mientras ella lo hacía con su nana o con sus padres sobre la banqueta en Comitán, Chiapas, cuando a los indios los obligaban a caminar lo más lejos posible de los grandes hacendados.

A Rosario todos la queríamos, pero no supimos protegerla de sí misma.

En 1977, su obra Balún Canán Fue llevada al cine por el director Benito Alazraki, protagonizada por Saby Kamalich, Tito Junco y Pilar Pellicer, y en ella aprecia la hacienda de Chiapas en la que vivió su primera infancia. Balún Canán, que en maya significa “nueve estrellas” o “nueve guardianes”, como dicen los tsotsiles.

En su obra, Rosario nos habla del mundo de los caxlanes, que son los extranjeros que explotan a los indígenas, y también los coletos, que son hacendados dueños de plantaciones cultivadas por indios ladinos esclavizados.

Rosario es la protagonista de toda su obra, tanto la poética como la novelística, la cuentística y hasta la periodística. Escribe desde dentro ya desde sí misma. La niña Cecilia es testigo y parte de ese mundo estratificado y discriminatorio, y se culpabiliza del sufrimiento de hombres y mujeres: tseltales, chamulas, tsotsiles, que sirven en la hacienda de su padre (quien en la vida real se llama César Castellanos).

La angustia de Rosario no se limitó a las diferencias entre ricos y pobres, indígenas y coletos, llegó más lejos y caló más hondo porque caló hasta la médula.

También a su vida personal, a su vida amorosa la invadió la angustia y como era inteligente y crítica nos hizo participes de ella y nos convertimos en su cómplice.

“Todas las noches lo sueño, pero es siempre la misma cosa angustiosa; de saber que usted está en alguna parte, de ir a buscarlo y de caminar y caminar y no alcanzarlo nunca”. Estas palabras las escribía Rosario a Ricardo Guerra, padre de su único hijo, Gabriel Guerra, a quien dedicó su última colaboración en el periódico Virutas de embalaje con el título “Recado para Gabriel”.

Recuerdo la boda de Rosario y Ricardo Guerra en enero de 1958. Y como la descripción María Luisa, La China Mendoza en su columna La O por lo Redondo al bajar la escalera de su casa, toda vestida de blanco, con un velo que se arrastraba por el piso de la sala, toda inmaculada, “toda pulcra, toda llena de gracia”.

Si Rosario Castellanos viviera, tendría 101 años, una edad imposible de alcanzar, pero seguramente habría llegado a una serenidad que da la reflexión y el estudio, porque además de su creatividad, Rosario fue una extraordinaria maestra, un ser humano fuera de serie. Rosario habría escrito otros oficios de tinieblas, otros Balún Canán, otros Poesía no eres tú, y sabríamos más de los coletos y caxlanes de Ciudad Real ; Podríamos sumergirnos en ese mar lleno de pescaditos que tanto nos fascina, que es el de sus cuentos y su obra feminista. ¡Ay, Rosario, por qué te fuiste! Todos los que te quisimos te lloramos. Tantas mujeres de ayer y hoy te siguen leyendo, tantas académicas escogen estudiarte en universidades, y una de ellas lleva hoy tu nombre, Rosario Castellanos, y sigues presente en la vida de México y en la de las universidades de Estados Unidos en las que enseñaste, y en la de la política mexicana que supiste impactar, porque todos, senadores y diputados, quisieron escuchar tu palabra y seguirla, porque finalmente poesía eres tú y la poesía, finalmente, es la que nos salva a los que nos estamos ahogando.

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