Los boletos de avión seguirán subiendo
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán nos ha dejado claro que las victorias de los conflictos armados no se pueden adelantar con seguridad.
Mientras que Trump asume que su país está liderando las condiciones para el alto al fuego, Irán continúa manipulando los términos para el cierre y apertura parcial e intermitente del estrecho de Ormuz.
La inestabilidad y variación constante de posiciones de los países en juego nos dejan ver que, más que un convenio de paz, estamos frente a la negociación de una nueva arquitectura de control marítimo en el Golfo, que no existía antes de la guerra.
Y si bien la tregua sedujo a los mercados de inmediato, sus verdaderas implicaciones están por digerirse.
De todo, lo cierto es que los impactos causados en infraestructura energética dañada durante estos 40 días no se reparan en dos semanas.
Por ello, aunque existe un acuerdo entre naciones para el cese definitivo de hostilidades, la industria energética no tendrá pronto la regularidad con la que contaba antes de la guerra, pues, además, estamos frente a un nuevo escenario de control iraní del estrecho de Ormuz que anteriormente tenía libre tránsito.
Así, los daños de esta guerra, amén del invaluable impacto en vidas humanas, ya viajan en el diésel que mueve la comida en nuestro país, en la urea que debería fertilizar los campos de México y en el boleto de avión que algunas familias piensan comprar este verano.
Recordemos que más del 60% de la carga en México se mueve por carretera. El diésel es el músculo invisible de esa cadena: mueve frutas, verduras, medicamentos, materiales de construcción, ropa y un largo etcétera. Y, no sobra recordarlo, el diésel no está amparado en la garantía de estabilidad del precio a las gasolinas que aseguró Sheinbaum.
El aumento en este rubro tarde o temprano llegará a nosotros, los consumidores, quienes lo absorbemos en la compra final.
Otro rubro de gran impacto está en los fertilizantes. Una tercera parte del comercio mundial de estos productos pasa por el estrecho de Ormuz y México importa alrededor del 75% de los fertilizantes que usa en su agricultura, tales como urea, amoníaco y nitrato de amonio, que alimentan los campos de maíz, jitomate, caña y granos básicos.
Estos fertilizantes han aumentado entre 26 y 55 por ciento en cuestión de semanas. Así, la siembra de esta temporada se encarece para producir la cosecha de diciembre; es cuestión de hacer las matemáticas.
De igual forma, el precio del jet fuel —el combustible de los aviones— que costaba entre 85 y 90 dólares por barril antes de la guerra, prácticamente se duplicó en un mes, con incrementos que van del 75 al 120 por ciento.
Así que, si consideramos que el combustible representa aproximadamente una tercera parte de los costos operativos de un avión, estas empresas deberán absorber pérdidas, reducir vuelos o subirle el precio al pasajero. Y como ninguna empresa puede absorber pérdidas indefinidamente, las tres cosas están pasando al mismo tiempo.
Así, la guerra contra Irán generó una deuda de costos que México —y los mexicanos— pagaremos en los próximos meses, independientemente de lo que pase en Islamabad en estos días.
Con ello, nos debemos recordar que los conflictos armados, sucederán donde sucedan, no son temas de especialistas en geopolítica, son impactos en la humanidad.
Ormuz no es un nombre en un mapa. La guerra es un tema del campo mexicano que depende de fertilizantes importados, es un tema de las familias que están sintiendo que la canasta básica se les va de las manos, es un tema de quienes necesitan volar para ver a sus familias o para cerrar un negocio, y que descubrirán que el boleto cuesta más de lo que esperaban.
Así, nuestro punto de encuentro es dejar de leer estas noticias como si pasaran en otra parte para reconocer que vivimos en un mundo interconectado, en donde lo que afecta a unos, afecta a todos.
