“En la bomba confiamos”

Lo que el mundo observa hoy no es confianza, es otra cosa. Vivimos una era en que la retórica belicista no solo normaliza el conflicto, sino que lo presenta como orden. El multilateralismo, aunque herido, no ha muerto: está siendo deliberadamente desmantelado por quienes se benefician de su ausencia.

El trumpismo -señalado por sus propios archivos, bajo sospecha de pedofilia- gobierna en coalición con un Israel que conduce operaciones de limpieza étnica y militares calificadas por organismos internacionales como desproporcionadas y plausiblemente genocidas. Por eso, llamar a esa alianza encarnación de los valores occidentales es una mentira estratégica. La distinción moral que pretende trazar frente al autoritarismo iraní y chiíta se deshace en cuanto se voltea a ver a los socios de siempre: las monarquías petroleras sunitas que encarcelan disidentes, exportan versiones fanáticas del islam y reciben, a cambio, protección e impunidad. No hay principios aquí. Hay intereses. Y el interés central, desnudo, es el petróleo de Oriente Medio.

En 1953, Estados Unidos y Gran Bretaña derrocaron a Mohammad Mossadegh -elegido democráticamente- porque quería nacionalizar el petróleo iraní. No fue una cruzada de valores. Fue el robo de una soberanía. De esa humillación germinó el resentimiento que, décadas después, alimentaría la revolución islámica de 1979. No existe revolución que no nazca de un gran saqueo a un pueblo. El golpe del 53 no es una nota al pie: es la primera página de lo que hoy ocurre.

Lo que Walt Whitman escribió como una afirmación: “Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora, / ni más juventud ni vejez que la que hay ahora; / y nunca habrá más perfección que la que hay ahora, / ni más cielo ni infierno que el que hay ahora”. Hoy lo vivimos como advertencia.

El infierno no es una amenaza futura. Ya está aquí, se está construyendo. Tiene nombres y coordenadas. Y la pregunta no es si ocurre, sino qué hacemos mientras ocurre.

Por eso: insistir. No abandonar el multilateralismo, sino exigir que se cumpla. Transparencia, rendición de cuentas, desarme global. No porque sea fácil, sino porque no hay alternativa viable que conduzca a un mundo menos inestable, menos desigual, menos violento -donde, como siempre, los más vulnerables pagan el precio más alto-. La lógica de la fuerza sin mediación no produce seguridad duradera. Produce escalada, represalias, conflictos que se expanden más allá de sus fronteras originales. En un mundo interconectado, la guerra nunca es verdaderamente local.

El desarme no es ingenio. Es la única apuesta pragmática. Fomentar esa idea requiere valentía política y rigor técnico, pero, sobre todo, no requiere llamar.

Otros futuros posibles no surgirán del aislamiento, sino del compromiso colectivo con el diálogo, especialmente en los momentos en que ese diálogo parece más imposible.

POR DIEGO LATORRE LÓPEZ

@DIEGOLGPN

CAMARADA

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