La superioridad moral de Trump y Claudia

Surgen, al calor de las llamas del momento histórico, imágenes de dos líderes con paralelismos de conducta contradictoria entre sus promesas de campaña y sus prácticas una vez insertos en el poder. Analizamos una Donald Trump y Claudia Sheinbaum.

Platón aseguró que el gobernante se enajena de los gobernados. Montesquieu afirmó que la impunidad corrompe. Maquiavelo concluyó que el fin justifica los medios. Trump y Claudia son la prueba moderna de que el poder hace que el gobernante se olvide rápidamente el porqué llegó a esa estación.

Donald Trump hizo campaña ofreciéndose como el candidato de la paz. Y ofreció ser el Presidente de la Paz (así, en mayúsculas). Percibió algo en el estado de ánimo social de gran parte de la sociedad estadounidense, y en su propia base social. Ese estado de ánimo refleja un agotamiento con las guerras internacionales.

Ahora Trump, abrazado con su supuesta “victoria” en Venezuela, está cometiendo el error de todo gobernante que olvida su regla esencial: no involucrarse en guerras que no puede ganar. Pero su gobierno, compuesto de personajes escogidos no para pensar como hombres o mujeres de Estado, sino para comportarse con arrogancia desafiante y convencidos de que pueden infringir las leyes nacionales e internacionales por el simple hecho de que son estadounidenses con el encargo divino de salvar al mundo.

Además, con las crisis internas que tiene Trump, debido a su baja en las encuestas de popularidad y el episodio Epstein, lo impulsan a disfrazar sus problemas internos con un conflicto internacional.

Esa circunstancia política interna lo lleva a olvidar la consigna de la paz. Pero estar en lo correcto éticamente exige permiso para usar el juguete que posee: el poderío militar de Estados Unidos.

Ya “compuso” Venezuela, sin compromisos incómodos con la democracia o los derechos humanos. Le impusieron a la débil oposición venezolana el “modelo Delcy Rodríguez” como forma de transición hacia un nuevo poder híbrido, con compromisos explícitos solamente con Trump permitiendo el control de la industria petrolera como esquema para iniciar una incursión en la geopolítica mundial.

Ese control le permite impedir el flujo de petróleo venezolano hacia Cuba y China. El manejo de los energéticos cubanos le permite estrangular la economía de la Isla y prepararla para una “transición” política y económica. Trump habla de que está a punto de causar el colapso del régimen cubano, pero considerando cómo hicieron las cosas en Venezuela, no hay garantía alguna de que logrará algo más allá de una nueva conformación gubernamental híbrida y deforme en Cuba.

Como no está dispuesto a poner tropas para sostener una transición efectiva, será un proceso interno poco esclarecido. Pudiera terminar siendo peor de lo que hay ahora, que ciertamente está muy mal. Irán es el siguiente objetivo. Trump, el Presidente de la Paz, está haciendo llover bombas sobre ese país. exigiendo su rendición incondicional y el nombramiento de un gobierno ameno a Israel y Estados Unidos.

También quiere controlar los flujos de combustibles iraníes hacia China. Por esta razón el Estrecho de Ormuz se ha convertido en el oscuro objeto del deseo de tantas naciones: es la vía de salida del 20% de todo el petróleo del mundo. Y Trump se está comportando como si tuviera un imperativo moral al querer destruir esa nación persa y dominar su petróleo, siendo también un paso adicional para negarle combustible a China.

Mueve a Trump su convicción de que tiene un imperativo moral, una superioridad de mira, que le permite actuar como lo hace. No debato aquí si es cierto o no ese ethos de superioridad, sino que confirmo que está convencido de su derecho a conducirse con ese mazo de poder, hasta donde le alcance.

A Claudia Sheinbaum también le mueve un ethos de superioridad. Por supuesto que ese ethos no proviene de ella. Es heredera de la concepción de Andrés Manuel López Obrador sobre la Cuarta Transformación. Detrás de largas disquisiciones históricas subyace el supuesto de que López tuvo una epifanía que le indilgó la misión de salvar a México de una maldad esencial que lo destruía por dentro.

Esa maldad y perversión lleva por nombre “neoliberalismo”. La epifanía transformadora le otorga una superioridad moral a todo aquel que se declara cuatro transformista. Es un acto de convicción ante escrituras religiosas, y se cubre con un manto que permite ver el largo trazo de la verdadera justicia que va a imponer al país. El concepto correcto es imponer la transformación al país, aunque no quiera.

Al tener una misión de salvación del alma nacional, a nada ni a nadie se le puede permitir impedir el camino ascendente del proceso de limpieza de las impurezas del pasado. Para que lo sepan todos, México está enfrascado en una batalla bíblica entre el bien y el mal.

El hecho es que el mal busca incesantemente derribar los muros de pureza que está laboriosamente construyendo la 4T con todas sus medidas legislativas y de reformas constitucionales. No robar, no mentir, no traicionar. El rezo proviene del Apocalipsis. Así de esencial es el combate que libran las fuerzas transformadoras contra la tentación diabólica de regresar al pasado de maldad, mezquindad y explotación, donde lo único que importa es el dinero, y no la belleza o la pureza humana.

De dar esa batalla por el bien se encarga Claudia. Es la gran guerra que, sabia e inspirada, sabe cuáles son las legislativas que deben aprobar para asegurar la continuidad de la transformación e impedir el regreso de las medidas negativas del pasado.

La reforma electoral que propone, aunque no se apruebe en sus términos, es el camino de la eternización en el poder de su partido renovador e inspirada en la misma epifanía que movió a López Obrador a sacrificarse en el altar de la patria. Es un movimiento moralmente inspirado y con un ethos que piensa sólo en las necesidades de los oprimidos de la tierra.

Apoderarse de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es éticamente esencial, dirán, para frenar el regreso de los opositores, representantes del pasado. Desde esa alta jurisdicción se podrá derrotar el poder del dinero, la corrupción, la falta de empatía ya los que solo piensan en sí mismos y sus intereses económicos y políticos.

Las piezas empiezan a encajar perfectamente. Control de las cortes, control sobre las elecciones, exclusión de la malvada oposición de todas las decisiones y el mantenimiento de la inquebrantable superioridad moral, que admite y permite realizar todas las acciones necesarias para impedir para siempre el regreso de la maldad al poder en México.

Ni la falta de rendición de cuentas, ni la búsqueda de los desaparecidos, ni los feminicidiosni la investigación de políticos corruptos, ni las relaciones entre política y narcotráfico deben preocupar: es en la naturaleza de la superioridad moral, de los seres superiores y de alma limpia quienes pueden volar sobre esos pantanos sucios sin mancharse.

También le permite a la 4T disfrazar, con diatribas de superioridad, sus corruptelas, sus compromisos con el narcotráfico y su deriva autoritaria que quiere desembocar en la prohibición a la alternancia.

Trump y Claudia/AMLO operan sobre las mismas coordenadas y con criterios muy parecidos, aunque en esferas diferentes. Ambos se consideran dotados de una superioridad moral, que utilizan para disfrazar y ocultar sus perversidades a la hora de abusar del poder.

Ambos tienen una misión histórica y divina que cumplir. Por esa razón, mientras mantengan el respeto mutuo, pero en esferas que apenas se tocan, podrán operar conjuntamente. Se entienden y se confabulan: cada esfera de superioridad moral respeta al otro mientras no se cruzan en el camino. Pero si llegaran a entrar en contradicción o conflicto, entonces la confrontación entre superioridades morales será monumental y provocará ira y destrucción de una sobre la otra.

Ambas fuerzas anteponen la ansia de gobernar, de imponer y, sin ruborizarse, olvidan sus promesas y sueños en aras de perpetuarse en el poder.

POR RICARDO PASCOE

COLABORADORA
ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep

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